Ruta Inglesa
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Todas las civilizaciones poseen lugares considerados santos hacia los que han dirigido y continúan dirigiendo sus pasos millones de personas. Muchos de estos peregrinos emprenden camino con la esperanza de lograr una recompensa, tanto terrenal como espiritual, mientras que otros abandonan su tierra para cumplir una promesa o saldar una penitencia, pero lo cierto es que la devoción mantiene vivas estas corrientes de peregrinación desde tiempos inmemoriales. Santiago de Compostela es, junto con Jerusalén y Roma, uno de los tres grandes santuarios de la cristiandad. Desde los orígenes del culto jacobeo, Galicia se convirtió en meta de peregrinos procedentes de todos los puntos del mundo hasta entonces conocido que, en busca del aliento espiritual del Apóstol, ponían rumbo hacia aquel Finisterra en donde habían sido hallados los restos de Santiago el Mayor

La corriente peregrinatoria hacia Compostela abrió sendas de espiritualidad y de cultura. Por tierra o por mar, las peregrinaciones se sucedieron, aunque con altibajos, desde la aparición del sepulcro apostólico en el siglo IX hasta nuestros días. El trazado de los primeros itinerarios respondía a las poco precisas y, en la mayoría de las ocasiones, inexactas informaciones de otros caminantes. Para los que seguían las rutas marítimas, la escasez de medios materiales y las adversidades meteorológicas solían complicar la relativamente corta travesía de los barcos que arribaban al norte de la Península con peregrinos británicos, escandinavos o bretones a bordo. Una vez en tierra, la última parte de su trayecto consistía en avanzar por los caminos reales que conducían a Santiago desde la costa.

En un principio, las iglesias y ermitas servían de refugio a los caminantes, ya que hasta el Concilio de Trento no se impondría el respeto sacral en estos recintos. Además, el relato de otros peregrinos les permitía saber qué monasterios, hospederías y casas ofrecían los mejores alimentos y atenciones, así como los lugares más fatigosos del itinerario.
En su aventurado y largo caminar, que podía durar varios meses, el peregrino padecía un sinfín de privaciones, además de hacer frente a los ataques de fieras y alimañas. Por si esto fuera poco, en muchas ocasiones se veía en manos de salteadores preocupados en exceso por aligerar el peso de las esportillas y escarcelas en las que solían guardar el dinero los viajeros que emprendían tan penosa, aunque siempre reconfortante empresa. Tampoco se quedaban atrás aquellos mesoneros y mercaderes sin conciencia que exigían tarifas abusivas o mermaban la capacidad del azumbre sin el menor reparo.Durante el apogeo de las peregrinaciones a Compostela en el siglo XII, se aplicó una serie de disposiciones reales de protección al caminante, hasta ese momento muy vulnerable. Las duras penas por incumplimiento de estas bulas, salvoconductos y provisiones reales, que incluso podían llevar a algunos condenados a la horca, generalizaron la exigencia de certificados para distinguir a los peregrinos de los que no lo eran.

La hostilidad entre los diferentes Estados provocó, además, que los caminantes tuviesen que decantarse por vías alternativas más tranquilas en aquellas épocas en las que estos enfrentamientos aumentaban la inseguridad de las rutas habituales hacia Compostela. Este es el principal motivo de la gran fluctuación de las peregrinaciones marítimas, cuyo aumento y disminución estaban íntimamente vinculados a los pactos y alianzas entre los reinos de Castilla, Inglaterra y Francia
Entre las opciones elegidas por los peregrinos europeos que viajaban en barco hasta las costas del norte peninsular, se encuentra la realidad de la ruta jacobea que discurre bien desde A Coruña, bien desde Ferrol-Neda hasta Compostela. En este último caso, el camino se enriquecía al coincidir con el que seguían los romeros que visitaban San Andrés de Teixido, así como al confluir en Betanzos con uno de los itinerarios del Camino del Norte que, procedente de Oviedo, pasaba por Ribadeo, Mondoñedo y Vilalba, punto en el que algunos caminantes se decidían por una ruta alternativa que los llevaba hasta el Santuario de Nuestra Señora del Camino, en Betanzos. En esta villa unían sus pasos a los de los peregrinos que seguían el Camino Real desde Pontedeume

Semblanzas

Los peregrinos que desembarcaban en las costas gallegas se veían embargados por la necesidad imperiosa de llegar a Compostela. La primera impresión que recibían de Galicia solía ser grata, con la suavidad de las rías, los arenales y unas aguas más sosegadas que las que les habían acompañado durante la travesía del Gran Sol. Las caricias del Gulf Stream les anunciaban, además, un clima oceánico templado y benigno con lluvias abundantes. Desde Ferrol, con uno de los puertos más estratégicos de Occidente y un diseño urbanístico según los cánones de la más culta Ilustración, hasta la ciudad de A Coruña, siempre bien defendida, el mar abría sus puertas a los enclaves porteños desde donde iniciaban la ruta terrestre los peregrinos que desembarcaban de navíos ingleses, islandeses, daneses, noruegos, flamencos, franceses...

Se trataba de embarcaciones todo terreno, cocas y barcos de poco calado que accedían fácilmente a cualquier recodo, destinadas al transporte de mercancías, peregrinos y tropas. Las noticias de estos anclajes se remontan al siglo XI. Las viejas crónicas recogen, por ejemplo, la travesía que el 15 de mayo de 1189 emprendieron sesenta naves danesas desde Inglaterra hasta el litoral coruñés. Los cruzados que viajaban a bordo hicieron escala en Galicia para visitar la tumba del Apóstol Santiago antes de poner rumbo a Jerusalén. Una de las primeras licencias para transportar peregrinos ingleses hasta las costas gallegas está documentada por la profesora británica Constance Mary Storrs y corresponde al año 1235.

Algunos de los viajeros del norte de Europa recalaban en el puerto de Ribadeo, en donde se unían a los peregrinos procedentes de Oviedo. Con frecuencia, al llegar a Vilalba, seguían una ruta alternativa hacia Betanzos para continuar desde allí su peregrinación a Santiago. Estos caminos saben del paso de Robert Langton, en los primeros años del siglo XV; de Mártir, obispo de Arzendjan (1491); de Antonio de Lalaing, señor de Montigny, de Carlos de Lannoy y de Antonio de Quievarnts (1502); del astrónomo Bartolomeo Fontana (1539), en cuyo itinerario señala su paso por Ribadeo, Vilalba y Betanzos, villa a la que se refiere como “bittanza cittá é porto di mare”; de Jacques Sobieski (1609), padre del rey Juan III de Polonia; y de Fray Martín Sarmiento (1745-1754), entre otros muchos peregrinos de renombre.
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